Dios no abandona

La Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Amor Providente del Padre, la Fortaleza y la Comunión del Espíritu Santo, sean siempre con nosotros.

A la luz de los momentos que vivimos, permítanme unas reflexiones que espero nos iluminen y nos den respuestas y luces para actuar.

Mateo 24,12, se me quedó clavado en la mente y el corazón, Jesús dice: “por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.” En otras palabras, los momentos difíciles pueden hacer que se enfríe la llama de la caridad en nuestros corazones… Jesús continúa: “pero el que persevere hasta el fin, éste se salvará.” (Mt 24,13)

¿El que persevere en qué? ¡En el amor! ¡El que persevere en el amor será salvado! Dios nos pide, incluso cuando vivimos tiempos de desacuerdo, difíciles y revueltos, que perseveremos en el amor.

Es obra del diablo que la palabra “amor” suene tan “cursi” hoy en día. Cuando la gente escucha una exhortación en favor del amor a menudo responden enojados insistiendo en la necesidad de ser sensatos.

Necesitamos protegernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. Tenemos que luchar contra el mal y proclamar la verdad desde las azoteas. Cierto… Pero entonces, ¿de qué forma saber cómo es el auténtico amor?

El amor real, el amor ágape, es como Jesús; Él no era un “cursi”; hablaba con la verdad por delante. Ponía a todo el mundo incómodo. Pero también compartía la comida con los pecadores y les invitaba a seguirle. Interactuó y debatió con los escribas y los fariseos, hasta su amargo final.

¿POR QUÉ DIOS NO NOS AYUDA?

Es la pregunta de hoy… ¿No se supone que Él es Poderoso y nos ama? ¿Por qué no resuelve todos los problemas del mundo? ¿Por qué nos deja solos?

Sí, por ahora, Dios no nos resuelve los problemas, pero no es verdad que nos deja solos. Él no nos abandona; siempre está y estará a nuestro lado. Y si no nos ayuda como nos gustaría, no es porque no nos ame, sino todo lo contrario: no nos ayuda por el inmenso amor que nos tiene… Parece una contradicción, ¿verdad? Por eso, para entenderlo mejor, comparto una historia:

EL OLVIDO DE LOS ÁNGELES.

Un grupo de Ángeles vivía tranquilamente, rodeado de paz y armonía. Cuando hablamos de Ángeles, imaginamos unos seres maravillosos, pacíficos y de luz que viven en un paraíso donde nada falta. Y es así, exactamente, como viven la mayoría de Ángeles, y así vivían los protagonistas de esta historia.

Digo "vivían" porque, en cierto momento, decidieron cambiar. Llevaban la eternidad rodeados de la más absoluta comodidad. Dios les daba siempre todo lo que necesitaban y no tenían que preocuparse por nada. Su vida era fácil y agradable, no conocían el dolor ni nada parecido.

Un día, uno de ellos se planteó la siguiente cuestión: ¿cómo sería la vida si nuestro amado Padre no se ocupara de nosotros en todo momento? ¿Qué pasaría si dejáramos este paraíso y buscáramos nuevos horizontes? ¿Seríamos capaces de salir adelante por nosotros mismos?

A todos les pareció una pregunta muy interesante y todo un reto también.

Dios siempre les daba todo lo que querían y ya era hora de intentar conseguir algo ellos solos. Así que, decididos a marcharse de casa una temporada, fueron a ver a su Padre para comunicarle su intención.

Al escuchar su propuesta, Dios sintió una mezcla de sentimientos en su interior. Por un lado, se asustó mucho; amaba a sus hijos más que a nada en el mundo, y sabía que sufrirían si se iban. Nunca antes se habían separado de su lado, y sabía a ciencia cierta que encontrarían dificultades por el camino.

Pero, por otro lado, se sintió orgulloso. Sus hijos se habían hecho mayores, y querían enfrentarse a la vida ellos solos. A pesar de sus sentimientos encontrados, le llenaba de alegría ver que estaban tan decididos. Así que les dio su bendición, no sin antes decirles que los estaría observando en todo momento, y que los ayudaría si veía que lo necesitaban.

Sin embargo, para su sorpresa, los Ángeles rehusaron su ayuda:

–No Padre, no nos ayudes, esto ya lo has hecho toda la vida. Ahora necesitamos ver si somos capaces de salir adelante nosotros solos.

A Dios no le gustó esta idea, y se opuso:

–Ustedes no saben a qué se enfrentan, hijos míos –les respondió–. Nunca han estado solos, y encontrarán muchas dificultades en el camino. Dejen que les ayude un poco.

–No, Padre –insistieron los Ángeles–, debemos hacerlo solos. Si no, esta aventura no tiene sentido.

En el fondo, Dios sabía que sus hijos tenían razón: no servía de nada que se fueran si Él seguía cuidándolos. Así que al final accedió, pero antes de decirles adiós, les hizo una petición:

–Hijos, Yo sé lo que les espera. Muchos días sufrirán, llorarán y hasta sangrarán. Yo lo veré todo, y tal como me han pedido, no intervendré. Sepan, sin embargo, que sufriré tanto como ustedes. Cada vez que caigan, mi corazón se encogerá de dolor. Ustedes me han pedido que no los ayude y no lo haré. Pero, a cambio, les pido otra cosa a ustedes: acuérdense de mí. Recuerden que tienen un Padre que los ama más que a nadie. No piensen nunca que me he olvidado de ustedes.

–¡Por supuesto que te recordaremos, Padre! –exclamaron los Ángeles–. ¿Cómo quieres que te olvidemos? ¡Tú nos lo has dado todo! ¡Nos has amado siempre, y sabemos que siempre nos amarás!

Dios sabía que no sería tan fácil como sus hijos pensaban, así que insistió:

–Prométanmelo, por favor. Prométanme que no me olvidarán y que tendrán mi amor siempre presente.

–Te lo prometemos, Padre, -respondieron los Ángeles-.

Y ansiosos por ver el mundo, se marcharon... Así inició una de las aventuras más grandes que ha vivido el universo.

Los Ángeles subieron las montañas más altas y cruzaron los ríos más anchos que nadie ha visto nunca, y lo hicieron solos… ¡Y el orgullo apareció!

En todo momento, Dios mantuvo su promesa: estuvo siempre a su lado, pero no los ayudó nunca.

Los Ángeles, en cambio, no cumplieron la suya; tal como Dios dijo, se olvidaron de Él. Cada vez que encontraban un obstáculo y caían, se sentían solos y abandonados. Y nunca vieron ni una sola gota del mar de lágrimas que por ellos, Dios derramó.

Interesante historia que refleja la vida de la humanidad… ¡Llegamos a creernos poderosos e invencibles! Que nos olvidamos del amor de Dios…

  

CUANDO DIOS NO VA DELANTE, CREEMOS QUE NOS ABANDONÓ.

Con nuestra imaginación, vamos a la tierra de Egipto a mezclarnos con la multitud de israelitas que cruzan el Mar Rojo que Moisés, con el poder de Dios, acaba de dividir… Una multitud enorme de mujeres, niños, ancianos y hombres que no saben nada de guerra y caminan por entre las aguas hacia la otra orilla.

Es de noche, el piso está mojado, el aire húmedo y con un fuerte olor a sal marina. Lo increíble, ¡caminan por el fondo del mar!, ¡las aguas se han separado a izquierda y derecha dejando en seco un largo callejón...!

Imagínate que al levantar la mirada sólo aprecias miles y miles de personas indefensas que avanzan lentamente, mientras que atrás viene aprisa el terrible ejército de faraón, bien armado y entrenado y con 600 carros de combate, sin contar los jinetes y toda la infantería.

En breve, habrá allí una masacre, pues no hay a dónde escapar, de lado y lado hay dos altísimas murallas de aguas contenidas, como dos inmensos acuarios con vidrios transparentes.

Pero eso no es lo peor, lo más grave es ¡que Dios se fue!¡No puede ser! ¿Cómo es posible que Dios abandone a su pueblo justamente en este momento tan crítico? ¿Acaso no hemos aprendido que Él va delante de nosotros como poderoso gigante? ¿Acaso no es el Señor nuestro guía y nuestro pronto auxilio en las tribulaciones?

Pero un momento, tomamos la Palabra... Abrimos la Biblia en Éxodo 14,19-20 y ¡ahí está la respuesta! Sí, el Ángel de Dios y la columna de nube que iban delante de Israel, se apartaron, dejaron la delantera, pero por un motivo especial:

“Entonces el Ángel de Dios, que marchaba al frente del ejército israelita, se dio vuelta y fue a situarse detrás de éste. Lo mismo sucedió con la columna de nube, que dejó su puesto de vanguardia y se desplazó hacia la retaguardia, quedando entre los egipcios y los israelitas. Durante toda la noche, la nube fue oscuridad para unos y luz para otros, así que en toda esa noche no pudieron acercarse los unos a los otros.”

¡Qué Bendición de respuesta! Tanto el Ángel de Dios como la columna de nube se apartaron de los israelitas, pero no para abandonarlos y dejarlos morir, sino para ubicarse justo detrás de ellos, cuidándoles las espaldas, siendo luz para ellos, pero tinieblas para los egipcios.

De esa manera, el veloz ejército de faraón, durante toda la noche, no pudo alcanzar al lento pueblo del Señor. Y cuando el último hebreo pisó la otra orilla, las aguas se juntaron nuevamente y… ¡bueno, ya sabemos el resto!

Ahora, regresemos mentalmente a nuestro presente y pensemos: ¿será Dios capaz de abandonarte cuando te ama tanto que dio la vida de su Hijo Jesucristo por ti? ¡No, por supuesto que no!

Pues aunque una madre sea capaz de abandonar a su bebé, Dios jamás te dejará, nunca lo hará... (cf. Isaías 49,15)

“El mundo pasa y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre” (1 Juan 2,17) Cuando estás en la presencia de Dios, no hay barreras que te detengan, así el mundo te ofrezca lo que quiera, recuerda que Dios tiene cosas mucho más grandes para ti: "No temas, pues yo estoy contigo; no mires con desconfianza, pues yo soy tu Dios; yo te he dado fuerzas, he sido tu auxilio, y con mi diestra victoriosa te he sostenido. Todos los que se lanzan contra ti serán avergonzados y humillados; tus adversarios serán reducidos a la nada y perecerán. Buscarás a tus contrarios, pero no los hallarás; serán totalmente derrotados, reducidos a la nada los que te hacían la guerra. Yo, Yahvé, soy tu Dios; te tomo de la mano y te digo: No temas, que yo vengo a ayudarte." (Isaías 41,10-13)

Bendiciones abundantes.

Padre Marco Bayas. O.CM. Director Editorial de Radio María Ecuador

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