La Espiritualidad Familiar en tiempos de crisis

REFLEXIONES DESDE LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO DE SAN JUAN PABLO II

Se dice que "la familia es la base de la sociedad" y hay verdad en esto. Una sociedad compuesta por familias sin valores y sin amor será una sociedad enferma sin un fundamento sólido. Las familias saludables en las que sus miembros se aman, se respetan y se cuidan contribuirán al crecimiento y la estabilidad del lugar donde viven.

La situación histórica en que vive la familia se presenta pues como un conjunto de luces y sombras. Un combate entre libertades que se oponen entre sí, es decir, según la conocida expresión de san Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor infinito y misericordioso de Dios y el amor limitado del ser humano llevado hasta el desprecio de Dios.

Se sigue de ahí que solamente la educación en el amor enraizado en la fe puede conducir a adquirir la capacidad de interpretar los «signos de los tiempos», que son la expresión histórica de este doble amor.

Viviendo en un mundo así, bajo las presiones derivadas sobre todo de los medios de comunicación social, los fieles no siempre han sabido ni saben mantenerse inmunes del oscurecerse de los valores fundamentales y colocarse como conciencia crítica de esta cultura familiar y como sujetos activos de la construcción de una auténtica espiritualidad familiar.

 

Nuestra época tiene necesidad de sabiduría

Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y de un compromiso profundo, para que la nueva cultura que está emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en las estructuras mismas de la sociedad.

De este modo el «nuevo humanismo» no apartará a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella de manera más plena.

En la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus aplicaciones técnicas ofrecen nuevas e inmensas posibilidades.

Sin embargo, la ciencia, como consecuencia de las opciones políticas que deciden su dirección de investigación y sus aplicaciones, se usa a menudo contra su significado original, la promoción de la persona humana.

Se hace pues necesario recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores morales, que son los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales es el gran e importante cometido que se impone hoy día para la renovación de la sociedad.

Sólo la conciencia de la primacía de éstos permite un uso de las inmensas posibilidades, puestas en manos del hombre por la ciencia. La ciencia está llamada a ser aliada de la sabiduría.

 

Por tanto se pueden aplicar también a los problemas de la familia las palabras del Concilio Vaticano II: «Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría».

La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original, se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable.

La familia es muy importante para Dios, de hecho, la idea surgió de Él. Dios podía habernos creado para vivir aislados, sin necesitarnos los unos a los otros. Pero no fue así. Nos necesitamos no solo para la continuación de la raza humana sino para apoyarnos, construir y bendecir el lugar donde Dios nos ha puesto.

 

La vida espiritual de la familia

Este es un tiempo trascendental en la historia de la humanidad en que los padres deben llenar sus corazones y sus mentes con la palabra de Dios para luego enseñarla a sus hijos. Su ejemplo amoroso y constante viviendo de acuerdo con los mandatos de Dios los inspirará y bendecirá.

Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. (Deuteronomio 6,6-7)

La familia que está unida no solo por lazos de sangre sino también en el área espiritual disfrutará de una relación más profunda y real. Sus miembros estarán unidos en espíritu recibiendo la bendición que Dios concede a todos los que le sirven. Este servicio empieza en nuestra iglesia doméstica.

La familia debe valorar la aportación de todos sus miembros. Una familia fuerte aprecia a todos los que la componen sean hijos, nietos, abuelos, primos o tíos. Celebran juntos sus éxitos, se cuidan, se animan y se ayudan en los momentos de enfermedad o necesidad.

Los abuelos se alegran al ver a sus hijos criar y educar a los nietos con el mismo amor y la misma dedicación que ellos lo hicieron. Los hijos también aprenden con el tiempo a valorar el esfuerzo y el sacrificio que hicieron sus padres para criarlos en un ambiente lleno de amor y de estabilidad.

Los padres deben tomar tiempo para hablar con sus hijos, enseñarles a tomar buenas decisiones y a andar por el buen camino. A veces esperamos que los hijos se comporten de una manera, pero no nos sentamos a explicarles lo que esperamos de ellos y por qué les conviene obedecer.

Los hijos por su parte deben escuchar cuando sus padres los corrigen y aprender a tomar decisiones que les ayuden a crecer como seres humanos. Con el paso de los años recordarán los consejos de sus padres y estarán agradecidos. Así lo dice el Salmo 128,1-4.

“Dichosos todos los que temen al Señor, los que van por sus caminos. Lo que ganes con tus manos, eso comerás; gozarás de dicha y prosperidad. En el seno de tu hogar, tu esposa será como vid llena de uvas; alrededor de tu mesa, tus hijos serán como vástagos de olivo. Tales son las bendiciones de los que temen al Señor”

Este tiempo es propicio para vivir una espiritualidad familiar coherente a ejemplo de la familia de Nazaret. Pidamos al Señor que nos siga guiando con su Santo Espíritu y la intercesión de la Virgen María.

  

ORACION

Oh amadísima Virgen María, Madre de nuestro señor Jesús, acudo a ti en busca de tu consuelo y ayuda en este momento. Pido que seas la fuerza que me permita superar mis debilidades.

Amada Virgen, te pido que intercedas en el problema y enfermedad que me aqueja y que quita la paz a mi alma. Llena con tu plenitud este vacío en mi corazón y endulza mi vida con tu amor. Quita todo rastro de duda de mí y llénalo con la certeza de tu amor.

Madre, aleja de mí la tristeza, bríndame la sabiduría necesaria para poder actuar siempre de manera correcta y lléname de bondad para hacer siempre el bien.

Dame de tu infinito amor para borrar de mí los rencores. En ti confío amada madre mía, lléname de tu amor y bondad, acógeme en tu seno y ayúdame a ser un buen hijo para ti en todo momento. Amén.

 

Por Eduardo Bayas Oñate, voluntario de Radio María Ecuador.

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