Hablando con Dios

En la intimidad y la soledad se puede encontrar a Dios y a uno mismo. Muchas veces las personas se rodean de tantas cosas, se llenan de compromisos, se creen únicas, importantes e indispensables para llenar los vacíos que tienen en el alma. En ocasiones las personas tienen miedo a estar a solas consigo mismo, porque se conocen y saben cómo son.

Causa miedo quedarse solo, porque allí no hay aplausos, no hay buenos comentarios, adulaciones. Suele dar miedo porque allí, en el silencio, está la verdad personal, la verdad de la existencia de cada uno. Y como a veces se vive de lo que dicen los demás, de esos buenas vibras, se prefiere huir del silencio, de la soledad y olvidar o fingir que no se conoce “el auténtico yo” y se recurre a las diversas máscaras que te mantengan en esa área de confort.

Pero, orar delante de Dios, implica conocer al Padre y saber que nuestras malas acciones se redimen cuando nos arrepentimos de corazón. Allí, Dios sabe lo que hay en cada corazón, ya no es necesario adornar la oración, la oración se hace vida, es la vida de cada uno frente a Dios.

En medio de esa soledad es ahora solo el barro de la vida, del ser, que sin adornos está delante de ti y de Dios. Ahí solo eres tú y Dios, así ya no hay medias tintas, porque Dios ya lo sabe y conoce todo, te conoce desde el vientre materno (Cf. Salmo 139, 13) y solo espera tu sinceridad para abrazarte con misericordia.

La verdadera libertad se consigue en la oración, porque puedes ser tú mismo, puedes ser ese verdadero yo. Y esa libertad que solo encuentras con Dios en la soledad, no debe quedar allí, sino que se debe proyectar, se debe hacer vida. Te debe llevar a ser verdadero y no actuar por conveniencia, te debe llevar a vivir libremente, sin depender de lo que digan los demás. Te debe llevar a ser tú mismo responsablemente sin herir a los demás, te debe llevar a vivir una amistad sincera con Dios.

Por José Rosado.

Postulante Comboniano

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