La oración en meditación por el Papa Francisco

Catequesis pronunciada por el Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos di?as! Hoy hablamos de esa forma de oracio?n que es la meditacio?n.

Para un cristiano “meditar” es buscar una si?ntesis: significa ponerse delante de la gran pa?gina de la Revelacio?n para intentar hacerla nuestra, asumiéndola completamente. Y el cristiano, despue?s de haber acogido la Palabra de Dios, no la tiene cerrada dentro de si?, porque esa Palabra debe encontrarse con «otro libro», que el Catecismo llama «el de la vida» (cfr Catecismo de la Iglesia Cato?lica, 2706). Es lo que intentamos hacer cada vez que meditamos la Palabra.

La pra?ctica de la meditacio?n ha recibido en estos an?os una gran atencio?n. De esta no hablan solamente los cristianos: existe una pra?ctica meditativa en casi todas las religiones del mundo. Pero se trata de una actividad difundida tambie?n entre personas que no tienen una visio?n religiosa de la vida.

Todos necesitamos meditar, reflexionar, reencontrarnos a nosotros mismos. Es una dinámica humana. Sobre todo, en el voraz mundo occidental se busca la meditacio?n porque esta representa un alto terraple?n contra el estre?s cotidiano y el vaci?o que se esparce por todos lados. Ahi? esta?, por tanto, la imagen de jo?venes y adultos sentados en recogimiento, en silencio, con los ojos medio cerrados...

¿Que? hacen estas personas? Podemos preguntarnos. Meditan. Es un feno?meno que hay que mirar con buenos ojos: de hecho, nosotros no estamos hechos para correr en continuacio?n, poseemos una vida interior que no puede ser siempre pisoteada. Meditar es por tanto una necesidad de todos.

Meditar, por así decir, se parecería al detenerse y hacer un respiro en la vida, detenerse.

Pero nos damos cuenta que esta palabra, una vez acogida en un contexto cristiano, asume una especificidad que no debe ser cancelada. Meditar es una dimensión humana, necesaria, pero meditar en el contexto cristiano, va más allá, una dimensión que no debe ser borrada.

La gran puerta a trave?s de la cual pasa la oracio?n de un bautizado – lo recordamos una vez ma?s – es Jesucristo. Para el cristiano, la meditación entra de la puerta de Jesucristo. Tambie?n la pra?ctica de la meditacio?n sigue este sendero.

El cristiano, cuando reza, no aspira a la plena transparencia de si?, no se pone en bu?squeda del nu?cleo ma?s profundo de su yo; esto es lícito, pero el cristiano busca otra cosa, la oracio?n del cristiano es sobre todo encuentro con el Otro con la O mayu?scula, el encuentro con el Trascendente, con Dios.

Si una experiencia de oracio?n nos dona la paz interior, o el dominio de nosotros mismos, o la lucidez sobre el camino que emprender, estos resultados son, por asi? decir, efectos colaterales de la gracia de la oracio?n cristiana que es el encuentro con Jesu?s.

Es decir, meditar es ir, guiados por una frase de la Escritura, o de una palabra, al encuentro de Jesús dentro de nosotros.

El te?rmino “meditacio?n” a lo largo de la historia ha tenido significados diferentes. Tambie?n dentro del cristianismo se refiere a experiencias espirituales diferentes. Sin embargo, se pueden trazar algunas li?neas comunes, y en esto nos ayuda tambie?n el Catecismo, que dice asi?: «Los me?todos de meditacio?n son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. [...] Pero un me?todo no es ma?s que un gui?a; lo importante es avanzar, con el Espi?ritu Santo, por el u?nico camino de la oracio?n: Cristo Jesu?s» (n. 2707).

Aquí señala un compañero de camino, uno que nos guía, el Espíritu Santo. No es posible la meditación cristiana sin el Espíritu Santo, es Él quien nos guía al encuentro con Jesús. Jesús nos había dicho: les mandaré el Espíritu Santo, Él les enseñará, les explicará, les enseñará y les explicará. Y también en la meditación es la guía para ir hacia adelante en el encuentro con Jesucristo.

Por tanto, son muchos los me?todos de meditacio?n cristiana: algunos muy sobrios, otros ma?s articulados; algunos acentu?an la dimensio?n intelectual de la persona, otros ma?s bien la afectiva y emotiva. Son métodos. Todos son importantes y dignos de ser practicados, en cuanto que pueden ayudar, ¿ayudar a qué? a la experiencia de la fe a convertirse en un acto total de la persona: no reza solo la mente del hombre, como no reza solo el sentimiento, no todo.

En la antigu?edad se soli?a decir que el o?rgano de la oracio?n es el corazo?n, y asi? explicaban que es todo el hombre, a partir de su centro, que entra en relacio?n con Dios, y no solamente algunas facultades suyas. Por eso se debe recordar siempre que el me?todo es un camino, no una meta: cualquier me?todo de oracio?n, si quiere ser cristiano, forma parte de esa sequela Christi que es la esencia de nuestra fe. Los métodos de meditación son caminos para llegar al encuentro con Jesús. Pero si tú te detienes en el camino, y solo ves el camino, nunca encontrarás a Jesús, harás un ‘dios’ del camino, y es Dios que te está esperando allí, es Jesús que te espera, y el camino es para llevarte a Jesús.

El Catecismo precisa: «La meditacio?n hace intervenir al pensamiento, la imaginacio?n, la emocio?n y el deseo. Esta movilizacio?n es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversio?n del corazo?n y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oracio?n cristiana se aplica preferentemente a meditar “los misterios de Cristo”» (n. 2708).

Esta es por tanto la gracia de la oracio?n cristiana: Cristo no esta? lejos, sino que esta? siempre en relacio?n con nosotros. No hay aspecto de su persona divino-humana que no pueda convertirse para nosotros en lugar de salvacio?n y de felicidad. Cada momento de la vida terrena de Jesu?s, a trave?s de la gracia de la oracio?n, se puede convertir para nosotros en contempora?neo. Gracias al Espi?ritu Santo, el guía, y ustedes saben que no se puede rezar sin la guía del Espíritu Santo, es Él quien nos guía.

Gracias al Espíritu Santo tambie?n nosotros estamos presentes en el ri?o Jorda?n, cuando Jesu?s se sumerge en e?l para recibir el bautismo. Tambie?n nosotros somos comensales de las bodas de Cana?, cuando Jesu?s dona el vino ma?s bueno para la felicidad de los esposos. Es decir, el Espíritu Santo es quien nos conecta con estos misterios de Cristo para que en la contemplación de Jesús hagamos la experiencia de la oración para unirse más a Él.

Tambie?n nosotros asistimos asombrados a los millones de sanaciones realizadas por el Maestro. Tomamos el Evangelio, meditamos esos misterios del Evangelio y el Espíritu Santo nos guía a estar presentes allí. Y en la oracio?n, cuando rezamos, todos somos como el leproso purificado, el ciego Bartimeo que recupera la vista, La?zaro que sale del sepulcro... También nosotros somos sanados. En la oración como era sanado aquel ciego Bartimeo, el leproso, también nosotros somos resucitados, como ha sido resucitado Lázaro, porque la oración de meditación guiada por el Espíritu Santo nos lleva a revivir estos misterios de la vida de Cristo y a encontrarnos con Cristo y a decir como el ciego: Señor ten piedad de mí, ten piedad de mí. ¿Qué quieres? Ver. Entrar en ese diálogo y la meditación cristiana, guiada por el Espíritu nos lleva a este diálogo con Jesús.

No hay pa?gina del Evangelio en la que no haya lugar para nosotros. Meditar, para nosotros cristianos, es una forma de encontrar a Jesu?s. Y asi?, solo asi?, reencontrarnos con nosotros mismos. Y esto no es un replegarse en nosotros mismos, no, es ir hacia Jesús y en Jesús reencontrarnos a nosotros mismos, sanados, resucitados, fuertes, por la gracia de Jesús. Es encontrar a Jesús salvador, de todos, también de mí, y esto gracias a la guía del Espíritu Santo. Gracias.

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