Reflexiones para una cuaresma profética y de conversión

La Cuaresma nos invita a contemplar la Cruz para clavar en ella detenidamente la mirada de los ojos y del corazón y sentir el impacto de Jesús que por amor recibió el dolor de todas las cruces de todos los tiempos y de todas las culturas, para dejarnos su mandamiento primordial: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

La Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús y aprendemos a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

Monseñor Óscar Arnulfo Romero dio su vida por la Iglesia y por el pueblo de su querida patria, El Salvador. Su muerte por la bala de un asesino, el 24 de marzo de 1980, culminó una vida dedicada al servicio de sus hermanos como sacerdote y obispo. Defensor de los pobres y desamparados, alcanzó renombre mundial en sus tres años como arzobispo de San Salvador. Se ganó la difamación y el odio de la oligarquía salvadoreña, manifestados en ataques continuos en los medios de comunicación, que inevitablemente terminaron en su martirio.

A continuación, algunos de sus mensajes, víspera de su martirio, a propósito de la Cuaresma:

“El hombre no se mortifica, -durante la cuaresma- por una enfermiza pasión de sufrir. Dios no nos ha hecho para el sufrimiento.

Si hay ayunos, si hay penitencias, si hay oración, es porque tenemos una meta muy positiva, que el hombre la alcanza con su vencimiento: la Pascua, o sea, la resurrección, para que no sólo celebremos a un Cristo que resucita distinto de nosotros, sino que durante la cuaresma nos hemos capacitado
para resucitar con él a una vida nueva, a ser esos hombres nuevos que, precisamente hoy necesita el país. No gritemos sólo cambios de estructuras, porque de nada sirven las estructuras nuevas cuando no hay hombres nuevos que manejen y vivan esas estructuras que urgen en el país”.
(17 de febrero de 1980)

“Esta cuaresma, celebrada entre sangre y dolor entre nosotros, tiene que ser presagio de una transfiguración de nuestro pueblo, de una resurrección de nuestra nación. Por eso nos invita la Iglesia, en el sentido moderno de la penitencia, del ayuno, de la oración -prácticas eternas cristianas- a adaptarlas a las situaciones de los pueblos.

No es lo mismo una cuaresma donde hay que ayunar en aquellos países donde se come bien, que una cuaresma entre nuestros pueblos del Tercer Mundo, desnutridos, en perpetua cuaresma, en ayuno siempre. En estas situaciones, a los que comen bien, la cuaresma es un llamamiento a la austeridad, a desprenderse para compartir con los que tienen necesidad. En cambio, en los países pobres, en los hogares donde hay hambre, debe de celebrarse la cuaresma como una motivación para darle un sentido de cruz redentora al sacrificio que se vive, pero no para un conformismo falso que Dios no lo quiere, sino para que, sintiendo en carne viva las consecuencias del pecado y de la injusticia, se estimule a un trabajo por una justicia social y un amor verdadero a los pobres. Nuestra cuaresma debe despertar el sentimiento de esa justicia social.

Hacemos un llamamiento entonces para que nuestra cuaresma la celebremos así, dándole a nuestros sufrimientos, a nuestra sangre, a nuestro dolor, el mismo valor que Cristo le dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación, de injusticia, convirtiendo todo eso en la cruz salvadora que redime al mundo y al pueblo. Y hacer un llamamiento también para que, sin odio para nadie, nos convirtamos a compartir consuelos y también ayudas materiales, dentro de nuestras pobrezas, junto con quienes tal vez necesitan más”. (2 de marzo de 1980)

“Ya de por sí la Pascua es grito de victoria, que nadie puede apagar aquella vida que Cristo resucitó, y que ya la muerte ni todos los signos de muerte ni de odio contra él ni contra su Iglesia podrán vencer.

¡Él es el victorioso! Pero, que, así como florecerá en una Pascua de Resurrección inacabable, es necesario acompañarlo también en una cuaresma, en una Semana Santa, que es cruz, sacrificio, martirio. Y, como él, decir: Dichosos los que no se escandalizan de su cruz. La cuaresma, pues, es un llamamiento a celebrar nuestra redención en ese difícil complejo de cruz y de victoria.

Nuestro pueblo actualmente está muy capacitado; todo su ambiente nos predica su cruz. Pero los que tienen fe y esperanza cristiana saben que detrás de este calvario de El Salvador está nuestra Pascua, nuestra resurrección. Y ésa es la esperanza del pueblo cristiano”. (23 de marzo de 1980)

La Cuaresma es un camino hacia la Pascua. Pero, qué lejos, muchas veces, estamos de la meta y cuánto nos cuesta levantarnos y empezar a caminar, aún, cuando entendamos que la meta es Cristo resucitado y nuestro largo camino por recorrer es seguir lo más cerca posible a Jesucristo para identificarnos auténticamente con Él.

Oremos juntos a Cristo en esta Cuaresma: "Haz nuestro corazón semejante al tuyo". Así tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia. Aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad recorra con provecho el itinerario cuaresmal.

Con mi oración y bendición.

P. Marco Bayas O. CM

  

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